Hace días que tengo ganas de escribir pero lo dejo en standby por no poseer la entereza o la esperanza suficientes.
Hay momentos en la vida en que todo se desborda, se aplana, se vuelve intangible. Cuando uno toca fondo supone que no hay más hondo, que es lo último, y créanme, siempre existe un último tramo.
En esos días grises suelen sacarnos del letargo los amigos, las personas queridas, las almas que más amamos. Pero sucede que a veces, alguien que no nos conoce demasiado (o nada) asoma de golpe y refleja un rayito luminoso como para no terminar de caer en el abismo.
Cuando todo marcha mal, la desesperación no nos deja pensar con claridad, y claro, no existe tal claridad, ni de pensamiento ni de acción cuando todo se tiñe de un negro carbónico.
Estuve 4 años en España soñando con el día en que tomara el camino de regreso. Cuando ese camino tuvo fecha y hora, temblé como la 1º vez en que subí al avión. No estaba segura, no sabía si sería mejor. Cuando arribé de nuevo a mis lugares, mis cosas, mi gente entendí que era el lugar justo donde tenía que estar; el sitio del que ya no quería despedirme más.
5 años más tarde vuelvo a temblar, más que las hojas en medio del frío polar. ¿Tanto nos equivocamos? ¿Tan mal hicimos todo? Son preguntas que para uno tienen una respuesta pesimista, y que el entorno responde como de manual: noooo, ya va a pasar.
La realidad es que hace meses que apostamos a esa frase pero todo se nos vuelve en contra. Y no es fácil debatir con celeridad estas decisiones.
Hoy, como para afianzar esto de que Dios aprieta pero no ahorca, surge un hilito de luz, allá... muuuy al final del sendero. Una esperanza que se va acercando como pidiendo permiso.
Tal vez sea, tal vez no; pero hoy, al menos hoy me devuelve un poco la confianza de que todo es posible.
y como no sea cosa que de tanto pedir permiso se nos ofenda, yo la dejo entrar y sentarse conmigo.